Siento que me sigo apagando poco a poco.
Un vacío de silencio que se repite segundo a segundo como esa sensación sorda, ese paltipar en el pulgar cuando uno golpea por error con el martillo en vez de atinarle al clavo. Ése.
Y no, no sales de mí. Resuenas en mi mente diciendo: «son tonterías tuyas».
Pues llámame tonto, y con razón, porque no te me vas de delante. Hace poco, perdí más contactos y me importa una mierda, porque no es nada al lado de una ausencia (la tuya) que me aplasta con su peso.
Quisiera decir cosas bonitas, pero el glaciar me las roba antes de que lleguen a mis labios o dedos.
Y sí, ahora mismo una lágrima pugna por salir, pero no recuerdo ser de lágrima fácil.
A veces sonrío pensando en ti, pero el contrapeso del pensar que no te voy a volver a ver lo emponzoña todo. Creo que se llama desesperación cuando deseas que sea éste mi último aliento, y poder usarlo para llamar tu nombre, demasiado sagrado como para malgastarlo en estas líneas.
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