sábado, 16 de mayo de 2015

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Mi destierro continúa agazapado para abalanzarse sobre mí a estas horas, en que decide sacar las garras y mostrar el poder de sus colmillos.
El bucle de «rabio por verte», «dónde y cómo estás» son gritos que rebotan en el techo en el más cruel de los silencios, el que va camino a convertirse en cadena perpetua.
Intento no hacerme ilusiones, pero sigo mirando las bandejas de entrada de whatsapp, Messenger, y los mensajes de Twitter y Google+. Cada vez que recibo una notificación, salto en seco. No puedo evitarlo. No podré.
Si lees ésto, llama a tu amigo, te ruego.
Es mi oración de cada momento. Qué sabrán los religiotas lo que es la devoción si no han visto mis pupilas dilatarse al ver tu nombre en mis llamadas entrantes al sonar el teléfono. Qué sabrán de la entrega cuando...
No. Si lo escribo aquí, suena a una acusación que no lo es.
No me harás mal al llamarme. No harás que la llama me sonsuma, porque ya lo hace.
Y, sobre todo, tu ausencia física no hace que salgas de mi cabeza. Ni por un instante.

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