Fieros los reflejos del sol en las nieves perpetuas de las cimas. Al fondo de la garganta, un arroyo andaba enfrascado en su tarea milenaria de hendir la roca.
Leopoldo abrigaba una de las peñas con su piel cuando los ecos decidieron proclamar un trajinar de pezuñas en la pared de enfrente. El triángulo erecto de su oreja fue lo único que anunció su cualidad de ser animado.
Cabras.
-"¿Qué haces ahí?". Era ella, a través del abismo que sólo un ave podía salvar.
-"Hago lo de siempre. Esperarte, ¿te sorprende?"
-"¿Qué quieres de mí? Lo tuyo es penoso ya, ni risa das."
-"De ti quiero lo que quieras tú, ni más ni menos."
-"Ya te cansarás de esperar, todos se acaban cansando."
-"Yo no soy todos, sólo soy yo. Aunque estuvieras en este lado, seguiría esperando al siguiente minuto a tu lado. Lo sé, porque eso hice aquel verano. Así lato."
-"No puedo contigo, adios."
El eco de sus pezuñas fueron sus últimas palabras. Leopoldo se asomó desde la peña al resto de su vida. ¿Volvería?
'Sólo hay una forma de saberlo', pensó. Ppertenece al que tiene el coraje de esperar siendo la roca en que se asienta.
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