domingo, 2 de noviembre de 2014

Regato.

Con el calor del sol de plano, Leopoldo lamió la piel del arroyo que partía su prado en dos.

Demasiadas derrotas concentradas en sus ijares empujaron el zafiro de sus ojos al espejo poblado de peces.

Las orejas triangulares y la quijada angulosa, los colmillos que sólo usaba para evitar que lo desahuciaran del prado,  rosetas y anillos negros sobre un fondo de peluche blanquecino. Una faz odiada. Temida.

Leopoldo miró al reflejo con una mezcolanza de ira y compasión por la figura reflejada antes de abandonarse a si mismo, camino de su risco.

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