La sutil brutalidad de ponerse el guante quirúrgico en un movimiento fluido de menos de un segundo se convierte en amenaza si miras a los ojos y tienes el antebrazo vertical. Procura uno no recordarle al paciente a la seguridad aeroportuaria.
El recogerlo todo en una bola en el delantal de poliestireno y envolverlo en cada guante (doble capa) antes de depositarla en la papelera de residuos clínicos.
Pasos de baile practicados para recoger el gel de alcohol esquivando la maquinaria por no perder un segundo por los pasillos. Pasos de baile.
El darle la vuelta a un paciente infeccioso en la cama y que no te toque.
Movilizar un paciente x veces al día, evaluando el riesgo a cada paso. Dieciséis años llevo sin que se me escoñe uno, sé de qué hablo.
Siempre, ese picor perverso en la nariz, que se sabe impune por llevar los guantes puestos, que se aprovecha de la falta de tiempo, de la escasez de sitios para lavarse las manos, de lo largo de la tarea.
De pensar a las 10:13: "necesito mear, acabo lo que estoy haciendo y voy", ir al servicio a las 14:48 y pensar: "¿no dije 'cinco minutos' hace más de cuatro horas y media?"
No seré yo quien juzgue a quien bien puede haber pagado un error con su vida.
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