jueves, 2 de octubre de 2014

,

Dejando palabras en el sendero desde entonces, buscando no perderse, el niño confundió las palomas silvestres por palomas mensajeras que llamaran a la niña.

Les hablaba a diario del color de pelos y ojos, de sus querencias y disgustos, en esperas de que alguno le diera una señal.

Un día, entró en una parte del bosque donde podían verse, pero no oírse con claridad. Cada beso que le salía llegaba como insulto. Parecía pasarle a ella también.

Tras tantas letras, aún quedaban muchas en su hatillo, pero ya le daba miedo a herir. Era el único miedo al que prestaba atención últimamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario