Me meto aquí, que llueven chuzos de pico y no escampa. Total.
¿Qué puedo decir que no te haya dicho ya? ¿Qué escenarios podría imaginarme que no se me hayan pasado por la mente? Pocos, pienso. Tal como anda Murphy de pletórico, seguro que es algo que ni me imaginé. ¿Y qué?
Me rompí la camisa para que un viento esmerilado me hiciese el pecho jirones. Sin arrepentimientos por lo que me duela. El dolor que te haya podido causar es mi infierno. Ése. El de sentirte...
No, aquí no. Y, al margen de éso, no voy asuponer que sé cómo te sientes. Sólo puedo asumir unos mínimos. A saber:
Que has resumido tu vida y puede que seas feliz.
Que puede que no lo seas y pienses que te cerraste la puerta.
Que puede que hoy mismo necesites oír la voz de alguien que vive a tiro de piedra, y no te atrevas por no causar daño.
Que hayas olvidado por completo. Me cuesta considerarla, pero se incluye.
Hay miles de otras, y todas se contradicen.
La lógica es una baraja de cartas bocabajo, tras un cristal antibalas.
Sólo puedo ser, estar. Deberá ser suficiente.
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