Uno de esos momentos en que, sin motivo ni razón, los muros que me rodean parecen más finos.
Mi mente abre sus alas y se atreve a imaginar. Al fin y al cabo, ¿cuándo dejó de hacerlo?
La imaginación, o la esperanza. Esa pantera enjaulada en bambú, que nos observa silenciosa con esmeraldas por ojos.
Que, con un rugido, hacen vibrar las fibras más íntimas en acorde de gritos de pasión y sangre caliente.
Que, con un zarpazo, nos empuja a mirar el horizonte en busca de una silueta familiar. Nos recuerda que ésa llamada en nuestras puertas son posibles. Improbables, empero.
Que, de un salto, nos hace imaginar un millón de posibles reencuentros, con un millón de desenlaces diferentes para cada uno. Digamos que es un 10 elevado a n.
En esa nota positiva, para variar, marco la coda. Una sonrisa, un abrazo, un beso en la distancia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario