Tras el fallido intento de golpe de Leocadio, los otros leopardos dejaron de frecuentar esa parte de la montaña.
Sin las demandas de cazar para vivir, el leopardo quedó en el pastizal. Libre por vez primera en su vida, y esclavo de sus esperas. Perdió la cuenta de las lunas llenas que pasaron mientras las estaciones se sucedían.
Cada abril, oteaba y preguntaba al aire rarificado de la montaña dónde andaba su cabra. A veces, en la brisa, le parecía entreoler un espectro de su amiga en el órgano de Jacobson.
Poco a poco, desde aquella visita del yak, otros transeúntes del prado comenzaron a extender la Leyenda del Leopardo Poeta ; comenzó como un chiste que, de persistente, perdió la gracia.
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