...era culpa de las grullas del Tíbet. En sus migraciones anuales, empezaron a extender el rumor del Leopardo Poeta del K-2.
Y comenzaron las visitas casi diarias. Al principio, sólo aquellos que por su talla (como el oso tibetano y el yak) se hallaban seguros.
Poco a poco, el zorro del tibet perdió el miedo. Ya, hasta las pikas pastaban junto al gran gato, que se había convertido en una especie de Mesías para los fitófagos más pequeños.
Todos le hacían la misma pregunta, para todos tenía la misma respuesta.
Ese prado era un santuario donde no se permitía la caza, en esperas de reencuentro.
Cuando le preguntaban por qué seguía esperando después de tanto, y por qué no iba a buscarla, de nuevo la misma respuesta:
-"Ella sabe dónde encontrarme, mientras siga yo aquí. Normal que tenga recelo de un leopardo, y no sé qué la retiene. Seguro que tiene sus motivos. Entre amigos, basta con éso."
-"Pero los años no pasan en balde, Leopoldo, ¿no es hora de que aceptes la realidad?"
-"Éso mismo hago. Acepto la realidad de mis sentimientos, vivo de acuerdo con ellos. Todos hacemos una apuesta con nuestras vidas, y yo sólo hago la mía. Al final, todos perdemos."
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