domingo, 3 de noviembre de 2013

El lama (I)

Estando Leopoldo al sol, venteó algo que no le hizo ni pizca de gracia. Un humano.

Usando instintos de cazador que hace tiempo que no usaba, se ocultó al amparo de una peña en el prado. Hasta el verde diamantino de sus ojos se fundió con la hierba circundante.

El hombre, ataviado de naranja, se sentó de rodillas al entrar en el prado y empezó a entonar sus cánticos.

Leopoldo, intrigado, se acercó. No olía a haber comido carne, ni tenía el hedor de "palo de fuego".

El hombre abrió los ojos, encontrándose cara a cara con el gran gato.

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