Leopoldo se hallaba ampliando un agujero en la nieve para alcanzar la paja acartonada. Un olor familiar le sustrajo de sus esfuerzos.
Imposible, y cierto. La silueta gloriosa de la cabra recortada en el fulgor del sol reflejado en la nieve.
Cautelosos, se acercaron.
La cabra dio un brinco de alegría al reconocer a su amigo. Presos del ritmo de un tango silente, danzaron su alegría con saltos y requiebros.
Como en los más ávidos sueños, sus hocicos se juntaron.
-"No sabes lo feliz que soy de verte. Pensé que no querías volver a saber de mí."
-"Te debo una disculpa..."
-"No, por favor, no. Entre amigos, nada de éso importa. Lo que importa para mí es que estas aquí."
Aún así, le dejó que le contara, sin interrumpir. Las tremendas transgresiones que pesaban en la conciencia de ella resultaron ser minucias. Se volvieron a tocar tiernamente los hocicos.
-"¿Por qué esperaste todo este tiempo? Nunca prometí regresar. Te pedí que no lo hicieras"
-"Era lo único que podía o sabía hacer, vida mía. Sacabas lo mejor de mí aún cuando no estabas. Me hallaba más acompañado a solas con tu recuerdo que con las constantes irritaciones. En cierto modo, nunca te fuiste."
Yacieron cansados en la nieve, abrazados. El nuevo sol encontró sus formas inertes, preservadas como escultura.
Jacques, Leovigildo y los otros animales del prado cooperaron para que los amantes inconsumados descansaran juntos en la cueva de Leopoldo, que sellaron con rocas y peñascos.
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