domingo, 3 de noviembre de 2013

Crónicas desde el risco.


Prólogo.

Como una avalancha en las laderas del K-2, este cuento comenzó con un par de copos de nieve al unirse.

Esos copos de nieve cuajaron en el relato corto "Himalaya", que adjunto como apéndice.

La simbología, de tan personal, me sugirió otro relato corto, como una foto fija de ampliación, dentro del tema de "Himalaya."

Para cuando me di cuenta de que estaba reescribiendo, llevaba ya cinco capítulos, que podían mantenerse solos. Al agruparlos con la etiqueta "Crónicas desde el risco," les di forma de modo inconsciente.

La historia parece no acabar de escribirse, resurge en los momentos más inesperados, los capítulos siguen aflorando.

Deseando que disfrutéis de mi trabajo, como siempre.

El Francotirador Lémur.


Rastreos.


Encarándose con la frígida neblina de septiembre que empapaba su piel, Leopoldo salió al venteo.

Debía estar loco, el prado al fondo del valle debía estar desierto ya. Dispuesto a todo, se resignó a no ser capaz de resignarse.

Las recientes lluvias, las últimas del año en forma líquida, habían convertido el estrecho sendero en una traicionera capa de guijarro suelto.

Optó por saltar de peña en peña, en su gloria gatuna.

Cuatro horas más tarde de vicisitud (y de algún resbalón que otro en la roca mojada), llegó al barrizal despojado de su verde y cubierto de huellas de cabra, secadas y rehumedecidas. Borrosas.

Leopoldo sacó la lengua, que abanicó hacia su Órgano de Jacobson. En vano. Sólo detectaba la neblina espesa del valle.

Indeciso, se subió a un peñasco, desde donde se concentró con todas sus fuerzas, pero sólo pudo conjurar memorias.

Tras dos horas de espera, decidió que lo único que cabía era volver al pastizal alto, y esperar el regreso.

Herido por su incapacidad de seguir un rastro, derrotado, el leopardo comenzó el lento y grácil ascenso a su cueva.

Prados de invierno.


En el relativo refugio del valle, las cabras pastaban, deteniéndose ocasionalmente cada vez que una piedra caía de la ladera.

'¿Por qué no habríamos de ser amigos?', había preguntado a sus amigas cuando le interpelaron.

'¿Estás loca'; 'un leopardo es siempre un leopardo, sólo quiere tu carne', 'estás esperando un cabritillo, ¿crees que no se lo comerá también?', 'se hizo el vegetariano sólo delante tuya, seguro que anda cazando cabras', 'nunca te fíes del depredador'...

Todo muy lógico para aquella superviviente de encuentros con lobos, osos tibetanos y algún que otro leopardo. Y, sin embargo...

Añoraba las tardes de charla, el brillo burlón en los ojos del gato, que la estudiaba sin amenaza. Que podría haber saltado, y siguió mordiendo la hierba, mirándola de reojo...

La cabra siguió triscando la hierba y rumiando sus dudas.

Cornisa sur.


Era una fría mañana de otoño en el monte. Leopoldo se hallaba disfrutando uno de esos raros momentos de viento calmo y sol que suelen preceder la tempestad. Espectros de nube se hallaban escalando la ladera.

Indolente bajo el sol en su tupido pelaje de invierno, el gato digería la última panzada de hierba con un ojo abierto. Un rugido en la siguiente cornisa.

 -"¿Aún en tus ensoñaciones de idiota vegetariano?", dijo el otro leopardo. "Ella es presa. La presa siempre corre, lo más rápido posible, si sabe lo que le conviene."

 -"Déjame en paz, Leovigildo. Hoy no ando de humor para tonterías."

 -"No me extraña. Igual te estás volviendo cabra."

 -"¿Y qué si lo hago? ¿Me cazarías? Podrías intentarlo ahora mismo," dijo Leopoldo sonriendo. El marfil de sus enormes caninos y el topacio en su ojo izquierdo reflejaron el sol de la mañana.

 -"Tranquilo, hermano. Sólo te recuerdo que no eres el único que espera. El día en que ésa u otra cabra vuelva al prado, la cena está servida."

Leopoldo miró a Leovigildo con un desdén mayéstico. Tras mostrar sus colmillos con otra sonrisa, le dijo:

"Ese día te darás cuenta de que soy más leopardo de lo que nunca viste. Fuera de mi cornisa y mi prado, antes de que acabe de perder la paciencia."

Visitante lanudo.


El claqueteo de pezuñas en el prado, amplificado en las paredes de su cueva, despertó a Leopoldo. Abril había llegado a su prado.

Un olor asaltó su nariz. Otro yak. De todos modos, tenía hambre. Siempre tenía hambre desde que se hizo vegetariano.

 -"¡Hola! Soy Leopoldo. Espero que no te importe compartir la hierba del prado."

 -"Haz lo que te de la gana. El día en que un leopardo me asuste será el día en que deje de llamarme Jacques."

Leopoldo bajó al prado, no sin un algo de aprensión ante el gran toro lanudo. Comenzó a triscar como cada día. Una carcajada lo interrumpió.

 -"He visto cosas ridículas, pero ésta es de Libro Guinness, jajajaja. ¡Un leopardo nival paciendo con un yak!"

 -"Es una historia larga y corta a la vez. Hablas con el leopardo que se enamoró de la cabra."

El yak se desplomó en una avalancha de risas, repetidas por el eco de los valles.

 -"¡Que me lo hago encima! ¡Un leopardo que quiere cazar a un yak a base de chistes!"

Con una lágrima, Leopoldo se retiró de vuelta a su cueva.

Desencuentros.



El conocido claqueteo de la pezuña hendida en la roca, el susurro de las piedras que se desplomaban desde la altura, ¡no podía ser! ¿Debiera permitirse la esperanza?

Leopoldo se dió cuenta de que no era una opción cuando ya se hallaba en la entrada a la cueva, venteando, suplicando al viento de la montaña le mostrara el camino.

Formas borrosas en la pared, más arriba, fuera de su alcance.

-"¡HOLA!", gritó con todas sus fuerzas.

El gutural rugido viajó a lo largo y ancho del valle, hasta las cimas.

-"¡No te vayas, ahora que estás tan cerca! ¡Háblame!"

Maldiciendo el poder de su rugido, Leopoldo vio la oportunidad esfumarse, al correr su cabra dentro del pánico despertado en el rebaño por sus rugidos.

Reprimiendo otro sollozo, se sentó a triscar la hierba.

¿Mañana, quizás?

Desafíos.


Otro invierno vistió el prado en su bata blanca. Leopoldo aprendió a hibernar para conservar las pocas calorías que obtenía.

Un rugido estremeció las paredes de la cueva.

 -"¡Soy Leocadio! ¡Este prado y las laderas colindantes son ya mi territorio de caza!"

Leopoldo emergió de su cueva, el brillo sardónico en el ojo.

 -"¡Primo! Parece ayer que andabas cazando ratones ¿Desde cuándo eres leopardo?"

 -"Mi primo, que solía ser leopardo, y no llega ni a ser cabra. Eres presa, ¡huye!"

Anillos, garras y fauces borrosas en un relámpago amarillento, Leopoldo mostró a Leocadio lo equivocado que estaba.

Ese día, Leopoldo bebió la sangre y comió la carne de su enemigo. Los huesos pelados serían suficiente advertencia para el que pensara dañar a su amiga el día del reencuentro.

Meditación.


Recostada bajo el sol de primavera, la cabra rumiaba pasto, absorta. Miraba a su cabritillo, que saltaba con sus amigos. Su mente, un tumulto de preguntas.

'¿Y si hay otro leopardo en el prado, y no es mi amigo?'

'¿Qué pasaría con mi cabritillo?'

'Peor aún, ¿y si es el mismo, pero me ha olvidado? Un leopardo es, al fin y al cabo, un leopardo.'

Sumida en la duda, la cabra pospuso tomar una decisión. Era consciente que el no decidirse era un tipo de decisión, la de los acontecimientos.

_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _

Recostado en la hierba, Leopoldo meditaba.

La visión periférica de esos ojos de avellana líquida habían cambiado su forma de mirar las cimas. Maldecía las manchas de su piel, sus garras y dientes, sus orejas triangulares, su misma esencia de leopardo enamorado de la cabra.

¿Qué la retenía?


Leopardo Poeta.


Tras el fallido intento de golpe de Leocadio, los otros leopardos dejaron de frecuentar esa parte de la montaña.

Sin las demandas de cazar para vivir, el leopardo quedó en el pastizal. Libre por vez primera en su vida, y esclavo de sus esperas. Perdió la cuenta de las lunas llenas que pasaron mientras las estaciones se sucedían.

Cada abril, oteaba y preguntaba al aire rarificado de la montaña dónde andaba su cabra. A veces, en la brisa, le parecía entreoler un espectro de su amiga en el órgano de Jacobson.

Poco a poco, desde aquella visita del yak, otros transeúntes del prado comenzaron a extender la Leyenda del Leopardo Poeta ; comenzó como un chiste que, de persistente, perdió la gracia.

Santuario.


...era culpa de las grullas del Tíbet. En sus migraciones anuales, empezaron a extender el rumor del Leopardo Poeta del K-2.

Y comenzaron las visitas casi diarias. Al principio, sólo aquellos que por su talla (como el oso tibetano y el yak) se hallaban seguros.

Poco a poco, el zorro del tibet perdió el miedo. Ya, hasta las pikas pastaban junto al gran gato, que se había convertido en una especie de Mesías para los fitófagos más pequeños.

Todos le hacían la misma pregunta, para todos tenía la misma respuesta.

Ese prado era un santuario donde no se permitía la caza, en esperas de reencuentro.

Cuando le preguntaban por qué seguía esperando después de tanto, y por qué no iba a buscarla, de nuevo la misma respuesta:

 -"Ella sabe dónde encontrarme, mientras siga yo aquí. Normal que tenga recelo de un leopardo, y no sé qué la retiene. Seguro que tiene sus motivos. Entre amigos, basta con éso."

 -"Pero los años no pasan en balde, Leopoldo, ¿no es hora de que aceptes la realidad?"

 -"Éso mismo hago. Acepto la realidad de mis sentimientos, vivo de acuerdo con ellos. Todos hacemos una apuesta con nuestras vidas, y yo sólo hago la mía. Al final, todos perdemos."

Órgano de Jacobson.


Mezclado con el verde neutro del sabor de la hierba del prado, una pincelada roja como la carne hendida de un becerro de yak golpeó
la parte del paladar que Leopoldo tenía en común con el Monstruo de Gila y la Cobra Real.

 -"Hola Leopoldo, cuánto tiempo ya."

 -"Sí que hace tiempo, Leonor, ¿a qué debo el inesperado placer de tu visita?"

 -"De inesperado, nada. Han pasado dos años, y lo sabes. Tus cachorros son ya cazadores. Es hora de que cumplas con tu deber de dominancia en el coto."

 -"Mi deber se cumplió, Leonor. Lo cumplo con mis garras y colmillos. Nadie vino a molestar a los cachorros."

 -"Y, ahora que están crecidos, es hora de nuevo."

 -"Mira, Leonor. Sabes bien lo que hay, como todo el K-2. No es ése mi camino ya."

 -"Es esa maldita cabra, ¿no? No te preocupes, dentro de poco serás leopardo de nuevo, la almorzaremos juntos y produciré leche para tres camadas."

 -"Leonorrrrrrrr, ruégote que te marches, la rabia rugosa que me arrasa acierta a no darte un zarpazo... aún."

 -"Tengo un problema, Leopoldo, debo tener cachorros, tú dominas el coto..."

 -"¿Sólo es éso? Ve y ten tus cachorros con quien te plazca. Críalos en este prado, aquí la caza está prohibida, están a salvo, pero si te veo cazar aquí, comeré carne de nuevo. La tuya."

La intensidad del verde diamantino de los ojos de Leopoldo no daba lugar a dudas. Leonor huyó aterrorizada.

El lama.


Estando Leopoldo al sol, venteó algo que no le hizo ni pizca de gracia. Un humano.

Usando instintos de cazador que hace tiempo que no usaba, se ocultó al amparo de una peña en el prado. Hasta el verde diamantino de sus ojos se fundió con la hierba circundante.

El hombre, ataviado de naranja, se sentó de rodillas al entrar en el prado y empezó a entonar sus cánticos.

Leopoldo, intrigado, se acercó. No olía a haber comido carne, ni tenía el hedor de "palo de fuego".

El hombre abrió los ojos, encontrándose cara a cara con el gran gato.

El sol de la tarde refulgía en la cabeza del hombre mientras su arrodillada sombra se estiraba frente a él.

Leopoldo rompió el silencio con un gruñido gutural profundo.

 -"¿Qué se te ha perdido en estos lares?"

 -"Soy tan sólo un humilde lama que vino a conocer al Leopardo Asceta en su búsqueda de la luz."

El rugido de risa de Leopoldo no dejó lugar a dudas sobre su opinión. El gato procedió a revolcarse por la hierba en espasmos de hilaridad.

Confundido, el Lama, prosiguió: "no es corriente encontrar a un predador violento seguir las enseñanzas del Buda sobre la anulación del propio deseo, y la abnegación mostrada al más débil."

Irritado, Leopoldo se sentó frente al lama.

 -"Lo que me faltaba. La presunción humana de ascribir tendencias naturales a sus sistemas ideológicos. No soy seguidor de tu Buda, ni del de nadie."
 -"No busco la luz, porque está en mis ojos, que uso para ver el mundo. No reprimo mis deseos. Muy al contrario. Mis deseos son tan grandes que deciden por mí. Es mi inclinación amar a la cabra, sólo sigo ese impulso. No es mi deseo proteger a todos, sino a ella sólo, y al cabritillo que traiga con ella. Que otros, como las pikas, se beneficien, es efecto secundario."

 -"Pero es de la negación de tus instintos carnívoros de donde has sacado iluminación."

 -"¡Fanático presuntuoso! Mi cabra sacó a relucir lo mejor de mí. El que tenga un espacio seguro es mi deseo más imperante. El ceder al deseo que parte de esa inclinación es lo que me hace ser quien soy. Si me negara a desear, sería carnívoro."

 -"Aún así, te veo como más cercano al Nirvana de lo que estoy yo."

 -"Lo que veas o dejes de ver, me trae sin cuidado. Te diría que volvieras a tu monasterio, antes de que te cruces con mi hermano Leovigildo, o este leopardo pierda la paciencia."

Despavorido, el lama emprendió la retirada.


Instintos.



Abrigado al amparo que del viento le proporcionaba una peña, Leopoldo bebía el joven sol de marzo a través de su piel.

-"Hola", le dijo una joven pika al acercarse. "Me dijo mi mamá que me acercara a aprender tu olor, al ser el único leopardo que no caza."

-"Pues dile a tu mamá que ya lo hiciste y te pierdes, no ando de humor."

-"¿Puedo hacerle una pregunta?"

-"Abusas de mi paciencia de vegetariano. Pregunta y déjame con mis ideas."

-"Mi abuelo dice haber estado aquel día que usted y la cabra hablaron. Ha pasado tanto ya."

-"Dime algo que no sepa. Cinco minutos son 300 segundos. 300 segundos sin ella."

-"Si han sido años, ¿no es posible que se haya ido con otro?"

-"Más que posible, es seguro. ¿Y qué?"

-"Entonces, la perdiste ya."

-"Tanta inocencia... Nunca se pierde lo que no se posee. Y, sin embargo, nunca se fue."

-"Pero si está con otro..."

-"...tan sólo sigue sus instintos, al igual que yo sigo los míos. ¿Cómo amarla sin amarla tal y como es, aunque me condene a la ausencia? ¿Cómo poder negarme a ello, siendo instinto?"

Habían pasado cuatro años ya. Se hallaba consumido por las dudas y las certezas.

Nevermore.


Sangraba el firmamento el torno a los picos en aquella tarde de otoño. Hallábase Leopoldo a sotavento de un peñasco...

-"¡Nevermore!"

'Otro turista megalómano que vino a buscar su muerte en mis laderas', se dijo a sí mismo.

-"Nevermore!"

Como un abismo insondable, la negra forma de un cuervo se insinuaba entre las sombras de las piedras en el ocaso. Leopoldo se detuvo a considerarlo.

-"Nevermore!"

-"You are not the only one to speak English, pal. Tell me, what brings you here?"

-"Simplemente, no puedo resistir venir a reirme del Leopardo Poeta. Me río de todo y de todos, suelen ser distintos chistes con el mismo final: Nevermore!"

- Ningún chiste que hagas a mi costa supera las carcajadas que mi reflejo arranca cuando bebo en el arroyo. Llevas ya mucho con la misma broma. Buenas noches."

Sin solución de continuidad en sus movimientos, el gato fluyó hacia su cueva.

Nevermore II



Minucioso, Leopoldo se hallaba sacando brillo a los anillos de su abrigo, llevaba así dos horas.

-"Nevermore!"

-"¿Aún andas por aquí, ave de mal agüero? ¿Qué se te ofrece?"

-"Vi a tu cabra, llorando. Es una pena que los pasos anden cerrados por la nieve", dijo el cuervo, con un insidioso brillo de malicia en los ojos.

Leopoldo siguió acicalándose, aparentemente impertérrito.

-"¿No vas a decir nada?"

-"¿Qué quieres que te diga? Sé que viniste a reírte de mi dolor. Ella sabe (o debiera saber) dónde ando. El único modo posible es que venga ella. Entretanto, debo mantener mis fuerzas."

El cuervo se acercó.

-"¿Por qué habría de hacerlo? Eso de hacerte vegano te ha robado las fuerzas. No eres el que se encontró..."

Una zarpa se posó sobre el cuervo, presionándolo contra el suelo.

-"¿Qué haces? ¿No eras vegano? ¡Déjame ir?"

-"Viniste a beber mi dolor, deja que te diga algo al oído."

-"¡Déjame ir, te imploro!"

Al oído del cuervo, el leopardo susurró: "Nevermore", antes de decapitarlo.

Lobos en el prado.


Los aullidos sacaron a Leopoldo de su memoria/sueño, en que la cabra y él tocaban hocicos.

Un crepitar de cascos galopando, y de pisadas en la nieve lo acabó de despertar.

No daba crédito a sus ojos. Bajo el cuarto menguante, cinco lobos perseguían a Jacques el yak. Con un rugido sobrecogedor, amplificado por la caverna a su espalda, se lanzó a la refriega.  

Cogidos de lado, por sorpresa, los dos primeros lobos nunca supieron que habían muerto.

Los otros tres, anonadados, se tornaron y formaron semicírculo frente al nuevo oponente.

Jacques, al verse libre de la persecución, retornó, lanzando a dos de ellos al aire con sus astas afiladas. El lobo restante puso pies en polvorosa.

 -"Ésto merece contarse, hermano Leopoldo. Pudiste morir. Arriesgaste tu sueño por mí."

 -"El no hacerlo hubiera sido el fin de mi sueño. He de morir, de todas formas. Ésa es la apuesta que hice."

 -"Hoy mismo salgo en busca de tu amiga. No te prometo encontrarla, o que vendrá, pero sí que intentaré decirle que tú eres tú."

 -"Es más de lo que tengo derecho a pedirte, hermano. Ten cuidado en los valles."

Reencuentro.


Leopoldo se hallaba ampliando un agujero en la nieve para alcanzar la paja acartonada. Un olor familiar le sustrajo de sus esfuerzos.

Imposible, y cierto. La silueta gloriosa de la cabra recortada en el fulgor del sol reflejado en la nieve.

Cautelosos, se acercaron.

La cabra dio un brinco de alegría al reconocer a su amigo. Presos del ritmo de un tango silente, danzaron su alegría con saltos y requiebros.

Como en los más ávidos sueños, sus hocicos se juntaron.

 -"No sabes lo feliz que soy de verte. Pensé que no querías volver a saber de mí."

 -"Te debo una disculpa..."

 -"No, por favor, no. Entre amigos, nada de éso importa. Lo que importa para mí es que estas aquí."

Aún así, le dejó que le contara, sin interrumpir. Las tremendas transgresiones que pesaban en la conciencia de ella resultaron ser minucias. Se volvieron a tocar tiernamente los hocicos.

 -"¿Por qué esperaste todo este tiempo? Nunca prometí regresar. Te pedí que no lo hicieras"

 -"Era lo único que podía o sabía hacer, vida mía. Sacabas lo mejor de mí aún cuando no estabas. Me hallaba más acompañado a solas con tu recuerdo que con las constantes irritaciones. En cierto modo, nunca te fuiste."

Yacieron cansados en la nieve, abrazados. El nuevo sol encontró sus formas inertes, preservadas como escultura.

Jacques, Leovigildo y los otros animales del prado cooperaron para que los amantes inconsumados descansaran juntos en la cueva de Leopoldo, que sellaron con rocas y peñascos.


Himalaya. (Apéndice)


La cabra pastaba bajo la sombra de la tormenta de hielo y nieve,  varios kilómetros más arriba. El leopardo la observaba desde su cueva.

Grácil, de pezuña afilada y ojo agudo, corría con serenidad por riscos por los que él no osaba frecuentar.

La cabra le miró con el recelo que merece un depredador, por supuesto. Al cabo, el leopardo abrió sus fauces:

 -"Si vamos a estar así todo el día, me presento. Soy Leopoldo."

 Con una risa estentórea, la cabra comenzó una de muchas largas charlas de tarde de verano en el prado, que derribaron los muros entre predador y presa.

Pasó el verano, la cabra emigró a otros pastos de menor altitud con su rebaño.

El leopardo se halló desconcertado. Los otros gatos se burlaban de él, por no haber acechado a una víctima incauta. "¡Qué sabrán ellos!"

Llegó el invierno. Temporada de caza. Leopoldo la pasó en el prado helado, esperando. Para sobrevivir, hurgaba en la nieve para triscar la hierba seca que nutrió a su amiga. De tanto hurgar, sus afiladas garras se hicieron romas cual pezuñas.

Cinco inviernos más tarde, se encontraron. Ambos estaban viejos. Tras rozarse los hocicos, yacieron juntos en la nieve, charlando como si aquel verano, ya difunto, fuese el día anterior.

La mañana los encontró como amantes inmortales tornados en esculturas de piel y hielo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario