Mis mejillas se ruborizan gracias a la calefacción central, que ya llegó esa época del año.
El fuego que consume mis entrañas no se apacigua, pero consigo evacuar brasas en mi pantalla.
Ecos que siguen, y siguen resonando. Siglos en búsqueda de la máquina de perpetuo movimiento.
Aún sin encontrar, por supuesto. Entropía y sistemas cerrados.
Como mi pobre cerebro, arrugado, gris. En movimiento perpetuo sin acercarse un ápice, sin desvelar un solo enigma.
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