martes, 19 de noviembre de 2013

Hiel.

Amargor de hombre. De nacer reo, culpable de serlo.

La expectación, la de ser un matón o un cerdo chovinista. Siempre me gustó crear algo de confusión, decido en contra de la mediocridad del mínimo común denominador.

"El león no va a dejar de comerte porque seas vegetariano", leí en algún sitio. Añado que el león gusta de alimentarse del herbívoro.

"Sé un hombre", oigo  cada paso.

Inmensa la perogrullada, ¿cómo ser más hombre o menos? Soy el que soy, y punto.

Ubérrimo el desprecio al que se niega (como me negué yo). No puedo evitar pensar que me iría mejor si hubiera dado dos ostias a tiempo.

Pero no sería yo al otro lado del espejo. Los ojos de mi padre me mirarían con un desprecio que reservo para aquéllos que se ganaron mi odio a pulso con años de esfuerzo.

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