En el bosque de estatuas de piedra que me dan la espalda merodeo, buscando mis amadas caras, mis muy caras niñas.
Ténuemente visibles en lontananza, galopo como sólo puedo hacerlo en el sueño: pesadamente a través de la arena movediza que ase mis miembros y busca derrotar mi voluntad.
Avanzo tan despacio.
Sombras de gárgola y arpía que se entremezclan con las siluetas a las que no se parecen. Siluetas uniformes de cuarzo, feldespato y mica que bloquean todas mis sendas.
Desfallezco.
Grito vuestros nombres, las caras se vuelven hacia mí, con esperanza en los ojos. Me desgañito, pero el eco mudo del entorno se traga mis llamados.
Sobresaltado, despierto a la pesadilla.
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