domingo, 3 de noviembre de 2013

Desafíos.

Otro invierno vistió el prado en su bata blanca. Leopoldo aprendió a hibernar para conservar las pocas calorías que obtenía.

Un rugido estremeció las paredes de la cueva.

 -"¡Soy Leocadio! ¡Este prado y las laderas colindantes son ya mi territorio de caza!"

Leopoldo emergió de su cueva, el brillo sardónico en el ojo.

 -"¡Primo! Parece ayer que andabas cazando ratones ¿Desde cuándo eres leopardo?"

 -"Mi primo, que solía ser leopardo, y no llega ni a ser cabra. Eres presa, ¡huye!"

Anillos, garras y fauces borrosas en un relámpago amarillento, Leopoldo mostró a Leocadio lo equivocado que estaba.

Ese día, Leopoldo bebió la sangre y comió la carne de su enemigo. Los huesos pelados serían suficiente advertencia para el que pensara dañar a su amiga el día del reencuentro.

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