Otro invierno vistió el prado en su bata blanca. Leopoldo aprendió a hibernar para conservar las pocas calorías que obtenía.
Un rugido estremeció las paredes de la cueva.
-"¡Soy Leocadio! ¡Este prado y las laderas colindantes son ya mi territorio de caza!"
Leopoldo emergió de su cueva, el brillo sardónico en el ojo.
-"¡Primo! Parece ayer que andabas cazando ratones ¿Desde cuándo eres leopardo?"
-"Mi primo, que solía ser leopardo, y no llega ni a ser cabra. Eres presa, ¡huye!"
Anillos, garras y fauces borrosas en un relámpago amarillento, Leopoldo mostró a Leocadio lo equivocado que estaba.
Ese día, Leopoldo bebió la sangre y comió la carne de su enemigo. Los huesos pelados serían suficiente advertencia para el que pensara dañar a su amiga el día del reencuentro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario