lunes, 4 de noviembre de 2013

Botella al mar en la noche.

A veces, de la nada, una forma se insinúa frente a mí. El poder de la memoria y los sueños que seguirán vivos mientras lo esté yo.

Palabras que oigo, proyecciones de saber cuál sería tu reacción ante éste, ése o aquel suceso. Tan poco tiempo, que tan bien aprovechamos en conocernos.

Lo que, por supuesto, sólo me deja más sediento aún. Mil vidas que viva no serán suficientes para aprender de tí. Siempre fuiste caja de sorpresas agradables.

No te idealizo, conocimos por separado el auténtico mal genio, y la mala leche genuina, de la que sé que no somos capaces. Y, si no fueras humana, cómo amarte como lo hago. Te amo por reconocerte imperfecta, siempre en lucha contigo misma.

Sería falsa modestia decir que no tenemos empatía. Éso, y un poco de imaginación hacen el resto. En nuestras luchas por la supervivencia, tampoco hay tantas opciones. Por difícil que te parezca, hay pocas cosas que me sorprendan ya, y nada que no puedas decirme. Pero éso ya lo sabes, espero que no se te olvide.

Ante todo, siempre me conté (y me cuento) como tu más leal amigo. Ése fue mi punto de partida. Mi salvación y perdición a una. Dulce condena en tí.

Intento dejar espacio a la imaginación en el símbolo, que sólo tú y yo podemos entender. No creo que haya filólogo interesados en estudiarme, que sé que no soy tan interesante.

Contra el muro de silencios lanzo mis botellas, en barquitos, cisnes y aviones de papel con tu nombre, que tercamente me niego a escribir, hasta tener tu permiso.

Nada te retiene. Por mucho que parezca, nada.

Paciente, como la loca del puerto, te aguardo. Impaciente, como un rinoceronte, te escribo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario