lunes, 4 de noviembre de 2013

Dedos atragantados.

Con el compás en mi mente mirando al sudeste, abro el editor.

Mil palabras para sólo diez dedos que se atragantan.

Sueños en los que somos amigos de café y confidencias, y/o amigos de café y tostadas, y/o amigos de facturas y techo. Tantos sueños. Amigos de teléfono, parece no ser una opción.

Tantas palabras que se reducen a una corta frase: "Ven a mí."

Te llamo con cada vocal y consonante, tilde o diéresis. Con ortografía y sintaxis.

Te llamo en la nota y el silencio, el soneto y el haiku, en cada momento.

¿Tonterías mías? No me intentabas convencer. Intentabas convencerte a tí misma. A estas alturas, deberías saberlo ya.

En voz alta, te negaste a admitir lo que ya dije, parecías temer que pidiera algo a cambio, cuando dije (y digo) "incondicional". Pero claro, me equivoco a menudo.

Sospecho que, en tu fuero interno, debates. Te culpaste por mi embriaguez permanente. No lo hagas, te ruego, te imploro.

No te imaginabas lo apto de tu nombre. De tanto mirar afuera, a tu llamado de buena samaritana, no viste la belleza de tu jardín, que cautiva en la distancia y me llama, imperativo.

No puedo decir que te conozca en el absoluto. Ni siquiera en el sentido de aquellas biblias que tiramos a la basura hace tantos años.

Y, sin embargo, te conozco. Y tú a mí.

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