Lázaro se levanta de su tumba cada mañana, sin que nadie (excepto el despertador) se lo ordene.
Torpe, dubitativo y meditabundo, como el oso que acaba de finalizar su hibernación, se tambalea. Las losas frías en sus pies desnudos acaban la tarea que comenzó la alarma del despertador.
Café, tostadas y agua en el careto. Receta mágica que, de corriente, no se ha podido patentar. Aún.
Dentro de poco, igual deberemos pagar derechos de licencia por tan simple proceso.
La habitual visita al servicio. Mi atención está fijada firmemente en el suelo, apunto bajo para no errar el tiro.
Partes de mí aún recuerdan tu presencia en mis sueños y andan con la cabeza en las nubes. El viejo truco de la caza del jabalí con artillería antiaérea.
Una mañana más.
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