miércoles, 23 de octubre de 2013

Cuánto ya, cuánto por venir.

Imposible de predecir.

Cuánto desde que oí tu voz, y tuve constancia incontestable de tu realidad física. Creo en tí, porque eres real, y creer no es opción, sino mera observación. Y, cómo no observar...

Cuánto hace ya de nuestros debates. Donde conseguimos ese inestable equilibrio en que te confesé que hacía ya tiempo que había aceptado que no me amaras como yo lo hacía.

En que tu feminidad se expresaba sin tapujos ni tabúes. En que mi verso era osado y tímido a un tiempo.

En que te demostré que, aunque no fuera capaz de verte como a una hermana, soy más que capaz de tratarte como a tal. Y, como ya dije, que le pregunten a Freud, que yo no tengo NPI (Ni Pajolera Idea, abreviatura de antes de Internet).

Sin embargo, el hecho de que insististe en que te olvidara, me dice que me quieres un algo. En qué forma, sólo tú lo sabes. Por lo menos, lo suficiente para que no quieras que sufra. Para mí, bastante.

Inútil el tratar de olvidar. No digo que sin tí muero, pero sí te diré que el día que te arranque de mí, habré matado una gran parte de este hombre que soy. La mejor.

Es por ello que siempre me considero tu más leal amigo. Porque, no importa el cómo, sólo querré que seas feliz. De la manera y forma que elijas. Algo que ya sabes.

Es posible que asuste. Me asustó a mí, el no saber que era capaz de sentirme así. Qué voy a hacerle.

Te debo las gracias por haber mostrado a este ciego cómo amar, en un momento en que todos mis caminos llevaban al odio.

Te debo las gracias por ser tú, y por serlo cerca de mí. Marcaste un antes y un después.

Y, si mi verbo se exalta, ¿por qué no dejarlo estar? La vida es demasiado corta para desperdiciar las pocas oportunidades de expresar el cariño, sea la forma que sea la que adopte.

Ya te dije que eres mi musa. No es poco, ni algo que se deje de la noche a la mañana. Te quedaste en mí, no tengo ni la prisa ni la intención de desahuciarte. Ni siquiera sé cómo.



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