lunes, 21 de octubre de 2013

Otoño, 50° latitud Norte.

Los bosques se tiñen del fuego de la hoja caduca ya caducada. Al menos, en las raras ocasiones en que el sol se digna en hacer acto de presencia.

La vida se decelera, previendo el final de Oktoberfest y las preparaciones del solsticio con tintes cristianos.

El súbito acortamiento de los días me recuerda mis latitudes cuasi árticas. Sólo el agua caliente del Golfo de México previene que tengamos población local de oso polar. Tenemos focas en la costa.

Vocablos de dicho Golfo vienen a mi rescate en mis insomnios de hombre enamorado. A veces, las capas de nubes asemejan plumas.

Gran Quetzalcoatl, préstame tus fauces y garras, que sea capar de desgarrar las paredes de mi burbuja y campar a mis anchas.

Gran Quetzalcoatl, préstame tus alas, que pueda sobrevolar los telones de acero que me separan de mis amores, y trascender todas mis barreras.

Gran Quetzalcoatl, qué pena que seas personaje de ficción, y yo, ateo de a pie, iconoclasta e impenitente.

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