Nos pinta una foto. Aunque incorrecta, lo suficientemente cercana a la realidad. Sonrío, plasmo mi sonrisa en otra pieza de prosa poética, súbitamente inspirado.
Y mis manos, rebelándose contra su indolencia forzada, buscan ese simulacro de tu cuerpo que es mi guitarra.
Mis yemas se hallan inicialmente torpes, abrumadas. Como una vez lo estuvieron frente a la concreción de tu espalda torneada.
Se relajan, acarician la cuerda como quisieran acariciarte. Se deslizan, vibran y saltan de alegría ante tu aparición en mi mente.
Acordes, arpegios, escalas, impregnadas de tí. Compuestas por mí, o por otros, todas en tu honor. Mi serenata enmudecida tras el cristal antibalas.
Mi barítono, que a veces es bajo, a veces tenor, hace su aparición. Mi lengua también te evoca, hambrienta. Canto hasta que mis pobres cuerdas vocales se quejan, algo atrofiadas por la falta de ejercicio.
Mis cuerdas vocales heridas, prosigo con mis manos. El familiar cosquilleo en el pecho y las mariposas en el estómago, presentes.
Como si estuviera de camino a verte. Tal vez lo esté, quién sabe qué nos deparará la vida, mi niña.
Sigo solo en mi cubil, pero bastante menos. Tu calor me llega de modos inexplicables para la física molecular contemporánea.
Se equivocan los que llaman al bosón de Higgs "la partícula de dios." El bosón de Higgs tiene tu nombre.
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