Tras una semana de trasegar veredas, de subir montes cada vez más ásperos y empinados, se encontraron con algo insólito.
Un paraje de piedras que parecían planchas de distintos tamaños, apiladas. Al no ver señales de granja o ganadería, se decidieron a recuperar las fuerzas.
El terreno era bastante inhóspito, sin mucha agua en la superficie. Los túmulos de piedra ofrecían posiciones perfectas para el oteo. Habían llegado al Torcal.
Aunque no hubiera muchos animales grandes para cazar, no les retrasaba. Los tres sabían vivir del terreno.
Merk se sentía algo mejor después de una semana fuera de la fragua y las emanaciones de arsénico asociadas a la fundición de la malaquita en cobre. Aunque no lo supiera expresar en esos términos, sabía que no le quedaba mucho de vida.
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