De vuelta a la costa, tres semanas después, Harrukl embarcó. Aún no se acababa de creer que hubiera salido con vida del trance.
Entregaría el mensaje de la arrogancia de los Iber a su rey. Aunque fuera lo último que hiciera.
Ausentemente, fue a rascar el picor de los dedos de la mano derecha. En vano. La mano ya no estaba allí.
Tras la amputación, se la dieron de comer a los perros en su presencia.
Harrukl ordenó el barco directo a Levante con el cambio de marea. Ésto no iba a quedarse así.
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