Harrukl no daba crédito a sus ojos.
En la oscuridad de la sala del tholos, se hallaba en presencia de un hombre bañado en luz.
Destellos fulgurantes del oro en el peto, collar, brazaletes y placas de oro sobre el gigante en el trono ante el que se arrodillaba. Pareciera que estuviera hecho de ese material.
A su derecha, una versión joven del gigante, con dos placas de cobre sobre el pecho.
Aún más inaudito, un Guerrero Negro a la izquierda del trono.
-"Veo que no aceptaste la generosa oferta de mi hijo, ¿por qué vienes a molestarme a mi casa?"
-"Perdona, generoso Cacique, me temo que hay un malentendido."
-"Por supuesto que hay un malentendido. Hablas con el Rey de los Iber. La costa es mía. Dile a mi hermano, el Rey de Sidón, que debemos renegociar el Tratado. Ambas partes saldremos ganando. Ahora, llévate estas cabezas de hachas de cobre, y desembarca el aceite."
-"Pero hay muchas menos que las que me ofrecieron en La Roca, Cac...Majestad."
-"¿Vienes a dar órdenes en mi casa, perro? Te daré una lección. No temas, serás capaz de darle el mensaje a tu rey."
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