El frío de la lluvia en la cara y los dedos de la Roca en su espalda despertaron a Merk. Sin saber cómo, había llegado. Ahora , ¿qué?
Sorprendido de sentirse tan vivo, sabiéndose muerto. La lluvia frígida contra su magullado cuerpo de muerto. Debía buscar refugio en esa cueva.
Magullado, pero seco, Merk comenzó a buscar materiales para un fuego. Muerto o no, estaba aterido de frío.
Deambulando por la caverna, la siguiente vista le dejó petrificado.
Huesos. En la Roca. Estando muerto ya, se acercó a investigar.
Un cráneo. Como el suyo. Tan diferente. Era como si a un cráneo echo de barro fresco le hubieran apretado la frente hasta aplanarla. Con la parte trasera tan abombada como una de las vejigas que usaba como boyas al pescar.
¿Ancestros? ¿Quién, si no? Mirando a las órbitas vacías, le dijo:
-"Venerable ancestro, acepta ésto y guíanos a la luz."
Acto seguido, se quitó el collar de pelo humano y lo puso alrededor de la extraña calavera.
Vencido por hambre y sed, salió de la cueva y escaló la Roca hasta llegar al bosque. Para su sorpresa, los mismos monos de su niñez saltaban de rama en rama.
Merk cogió una ramita seca y empezó a sacar hormigas del suelo.
Desagradable, pero no podía rechistar. Acto, seguido, buscó pupas de escarabajo en troncos podridos. Ya se sentía algo mejor.
Con su parsimonia habitual, se puso a trabajar el sílex que había encontrado entre la caliza de la Roca. Lo primero, un hacha y un par de cuchillos para herramientas de caza.
Más tarde, cayó dormido junto al fuego. Tenía ya dos hachas, tes lanzas, dos arpones y cuchillos.
Capítulo 7.
El amanecer encontró a Merk refugiado del viento en el noroeste de la Roca, que resultó ser una isla cerca de una costa. Como aquel islote de cabras y perejil cerca de su hogar.
Aún sabiéndose muerto, se seguía comportando como si estuviera vivo. Seguía teniendo hambre, sed, frío. Seguía necesitando orinar y evacuar. El mundo de los espíritus le confundía. Aún no podía recordar cómo o cuándo se había convertido en difunto.
Desayunando navajas que habia encontrado en la arena, siguió mirando a la marea, cada vez más baja.
Aún no podía creer sus ojos. El mar, al retroceder, había abierto un istmo conectando la Roca con la costa allende ¿Señal o trampa? Merk se debatió en la indecisión hasta que la marea le volvió a cerrar el paso.
Pasó la tarde y la noche en un tumulto de dudas. No podía seguir en la Roca. Aún encontrando de comer, no tenía acceso a pieles para ropa, huesos para herramientas, o la carne que sólo un animal grande podía proporcionar. Sin saberlo, había recomenzado a vivir.
Después de tres días observando la marea, decidió que el istmo aparecería cada mañana, con la marea baja. No era experto en espíritus, pero conocía bien el mar.
Pertrechado con sus nuevas herramientas y armas, Merk pasó al Continente más allá del Mar Entre Dos Mundos.
Pletórico y temeroso a la vez, se adentró en bosques como los del monte de su hogar. Y, a la vez, tan distintos.
Aunque era capaz de identificar las plantas, y muchos de los pájaros, no sabía qué pensar de los animales.
Como en su tierra, había leones. En cambio, las zebras habían perdido sus estrías, los cuernos de los antílopes parecían árboles, No había ni ñu, ni búfalo, sino bestias que se asemejaban a ambos, y mucho mayores que el mayor de los búfalos...
Merk se decidió a cazar uno de éstos. Tenía un plan.
Capítulo 8.
Tras tres días de labor ardua, Merk estaba preparado para la caza del Uro. Había cavado ya una fosa para atrapar a la bestia, y una avenida para perseguirlo.
Había dejado armas cerca de la fosa, para tener las manos libres. Sólo quedaba esperar. Tenía antorcha preparada para comenzar la persecución.
La gran bestia se tomaba su tiempo, paciendo. Merk ya había observado la increíble velocidad y fiereza de esta criatura, y sintió un algo de aprensión.
Por otra parte, no tenía nada que perder. Estaba famélico y, al fin y al cabo, había muerto ya. Se decidió.
Tras encender su antorcha, emergió desde detrás de la roca en que se había escondido.
A grito pelado, molineando la antorcha, cargó contra un animal del tamaño de un rinoceronte.
El toro, quintaesencia de gracia y muerte, lo miró, impávido. Merk siguió avanzando en su carrera, a gritos, hasta que estuvieron cara a cara.
El toro explotó a una, levantando a Merk como a una pluma del suelo. No una, sino tres veces.
Con los últimos residuos de la conciencia en su cuerpo quebrantado, Merk oyó un ulular sobrecogedor.
Y el mundo se fue a dormir. Con él, Merk.
Notas de Viaje.
Querid@ lector/a:
Otro alto en el camino. Merk yace herido y necesita primeros auxilios. No le dejaré mucho tiempo. La ambulancia viene de camino.
Esta parte de la narrativa me trae un recuerdo especial. Mi propia visita a la Roca. Gibraltar no es española, pero es muy andaluza.
Recuerdo mi visita a la Cueva de San Miguel. Me hubiera encantado ver la cueva de Gorham, donde existen los restos de Neandertal más recientes que se conocen, 24000 años, más o menos. Merk visitó la cueva en nuestro lugar.
Parece que Merk se está empezando a dar cuenta de que está vivo. Aún no tiene la certeza, pero ya me contó su historia al oído. Al menos, esa parte.
De la fiereza y el tamaño del Uro, hay documentación muy abundante. El último Uro en estado salvaje fue cazado en Polonia en el S. XVII.
Ahora, sin más, voy a almorzar y ayudar al pobre Merk.
¿Preguntas?
Raúl.
en 25.8.13
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