sábado, 24 de agosto de 2013

Cueva de Los Letreros. Parte I. África. Capítulo 4.

Merk estaba muerto. Desnudo como nació, cubierto en rojo ocre mezclado con grasa, se encaraba al mar. Su mente, un torbellino en paz.

Las miradas de desprecio habíanse cambiado por la apatía e indiferencia del que no ve. La única que reconocía su existencia era la Sacerdotisa, cuya labor era la de enviar su espíritu de viaje.

Al entrar en el agua, una sensación de irrealidad. La fría caricia del agua de mar en los testículos, tan desagradable. ¿Cómo era posible, habiendo muerto ya?

Con el agua al pecho, Merk empezó a bracear. Una canoa, con la Sacerdotisa y veinte remeros iniciados. En la proa, cómo no, Heb.

Una sensación de odio se apoderó de su pecho. ¿Cómo era posible que él, que ya estaba muerto, uno de los espíritus ancestrales, sintiera odio por un miembro de su tribu? Siguió braceando estoicamente.

Recortado contra la luna, el familiar islote con olor a perejil, con sus laderas vestidas de cabras. Siguió braceando. Había encontrado el ritmo de su respiración.

Quedaba claro que la Sacerdotisa pensaba acompañarlo, nutrir su espíritu en el viaje al más allá. La tribu la echaría de menos cuando tuviera que retirarse.

Llegó la mañana, Merk seguía braceando entre las olas, sorprendido de que el Mar Entre Dos Mundos no lo hubiera reclamado ya. Para prevenir el retorno de su espíritu al Mundo de los Vivos, la canoa proseguía su labor de escolta.

Durante la noche, la Sacerdotisa le había lanzado paquetes de comida y un par de bolsas de agua, como regalos votivos. Merk se sintió sorprendido de que la comida y el agua siguieran nutriéndole, a pesar de estar muerto ya.

Siguió nadando.

Con el sol en su cúspide, un grupo de delfines se acercó. Espíritus juguetones del mar, ahora que la Roca se divisaba claramente.

La Sacerdotisa tomó ésto como augurio de que la Roca aceptaba a los dos espíritus, y ordenó a Heb que iniciara el viaje de retorno. Era la primera vez que un espíritu había seguido tanto tiempo a flote.

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