martes, 4 de noviembre de 2014

¡A la mierda!

Son las 2:12 de la mañana, y me invade la ira de no poder dormir, me siento robado y estafado en todo.

En todo. No eres sólo tú, pero también.

Me entran ganas de renegar de mis maneras de gentilhombre, de insultar a grito pelado, de humillar inteligencias pueriles, de sembrar los caminos de la madrugada con gente que no hace más que burlarse.

Me entran ganas de ser un hijo de puta, bellaquérrimo sin freno en lo que pueda decir o hacer.

Uno de esos hijos de puta de los que te ponen, porque éso parece ser lo que queréis, tras toda la hipocresía de igualdad y todo éso. Al final, pagamos el pato tipos como yo, que vienen sin azotes ni órdenes.

Y pienso: "si quiero éso, es para ganarla, porque no me la quito de la cabeza, sigo igual de perdido que al principio".

No puedo.

Cada vez más seguro que los disfraces que te pones son transparentes para mí, que debo mantener la compostura. Lo hago como puedo.

Y necesito odiarte. No porque me rechazaras en su momento (bueno, en parte). No porque esté celoso de que andes con quien sea (bueno, en parte).

Es por el darte la vuelta y tratar a una persona como si fuese un quinto de cerveza no retornable. Menos aún que un quinto de cerveza.

Necesito odiarte porque te metiste tan adentro que no puedo sacarte.

¿No lo querías? Y una mierda. Buscaste mi atención (me gustaría pensar que era la compañía mutua). Dijiste palabras que no repito.

No te comprometen a nada, claro que no, pero ¿por qué se repiten en mi mente como lo opuesto de lo que ha pasado? Éso es la traición. Éso.

Y sigo igual de perdido, loco por saber de ti.

A la mierda, yo.


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