Minucioso, Leopoldo se hallaba sacando brillo a los anillos de su abrigo, llevaba así dos horas.
-"Nevermore!"
-"¿Aún andas por aquí, ave de mal agüero? ¿Qué se te ofrece?"
-"Vi a tu cabra, llorando. Es una pena que los pasos anden cerrados por la nieve", dijo el cuervo, con un insidioso brillo de malicia en los ojos.
Leopoldo siguió acicalándose, aparentemente impertérrito.
-"¿No vas a decir nada?"
-"¿Qué quieres que te diga? Sé que viniste a reírte de mi dolor. Ella sabe (o debiera saber) dónde ando. El único modo posible es que venga ella. Entretanto, debo mantener mis fuerzas."
El cuervo se acercó.
-"¿Por qué habría de hacerlo? Eso de hacerte vegano te ha robado las fuerzas. No eres el que se encontró..."
Una zarpa se posó sobre el cuervo, presionándolo contra el suelo.
-"¿Qué haces? ¿No eras vegano? ¡Déjame ir?"
-"Viniste a beber mi dolor, deja que te diga algo al oído."
-"¡Déjame ir, te imploro!"
Al oído del cuervo, el leopardo susurró: "Nevermore", antes de decapitarlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario