jueves, 19 de diciembre de 2013

Ateo, padre.

El relato de El Pensador con respecto a la primera comunión de su hijo me dejó pensando (valga la redundancia) en mi propia situación como padre, que lo soy. El relato de Lilith me decidió.





Aquell@s que hayan visto mi trabajo habrán observado la poca referencia que le hago al tema de ser padre. La simbología de cuando lo hago... lo dejo para aquell@s que me conozcan. Baste decir que existen factores que afectan muy seriamente mi libertad de expresión al respecto.

Como El Pensador, padre ateo/madre creyente. De nuevo, ahí lo dejo, pero digamos que el coro de desaprobación era bastante ruidoso en empeñarse en que escondiera mis puntos de vista, especialmente delante de mi progenie.

Tengo dos descendientes, el/la mayor de ellos se define como creyente, el/la otr@ aún es pequeñ@ para definirse, pero el adoctrinamiento existe y es militante.

No lo veo como conflicto. Cuando mi hij@ creyente me pregunta, le digo (y es verdad) que daría la vida por ell@s. Qué padre no lo haría. Me siento respetado como persona, porque es un respeto que me gané y me gano con el ejemplo, cualesquiera que sean las circunstancias.

Un ejemplo, historias para dormir. Muchos padres buscan los cuentos de princesa y unicornio. Yo sé contarlos también (si me los piden), pero hay un tipo de cuentos que os podrían resultar familiares: historia natural.

Cada día el/la mayor (el/la otr@ no había nacido) me pedía el árbol genealógico de un animal:




La ballena. Érase una vez un animal parecido a un perro, llamado Paquicetus. Vivía en un mundo que era semiacuático. Con el paso del tiempo y los cambios graduales, empezó a parecerse a un cocodrilo (Ambulocetus). Poco a poco, obtuvieron la capacidad de parir en el agua, hasta que no volvieron a tierra firme. Son nuestros primos del mar. Mamíferos como nosotros, amamantando a sus bebés.

La gota de agua. Sale de nosotros, se une al río, llega al mar, se evapora, cae como copo en uno de los polos, se deshiela, pasa a ser pez, que es comido por otro pez, comido por un pájaro que lo excreta, que pasa a ser abono, que pasa a ser tomate...





Sólo dos historias de carácter simplista y llena de fantasía para expandir dónde se me pedía y no llegaban mis lagunas de chaval de letras. Le conté de nosotros, por supuesto, de los diversos félidos, los primeros peces y anfibios. Su sed no se saciaba, y me llenaba el ver su curiosidad por aprender.

Tengo historias sobre historia, botánica, fábulas éticas al estilo de Esopo y LaFontaine... Los hermanos Grimm o Hans Christian Andersen no me atraen tanto. La excepción, "El Traje del Emperador".

No necesito atacar o polemizar contra ideologías basadas en la superstición. Sólo necesitaba hablar del mundo, un mundo que soy capaz de entender sin la presencia de seres sobrenaturales desde hace 25 años. Un mundo de belleza inaudita, idéntico a sí mismo y en constante flujo.

Hablamos de la muerte, porque nunca conocerá a su abuelo. Suerte que vio "el rey león" (por mucho que me repugne Disney) le expliqué lo que llaman "el ciclo de la vida." Como la gota de agua, mi padre pasó a ser parte del cosmos,  se disolvió.

Mis descendientes saben que si quieren ver a mi padre, sólo necesitan mirar mi barbilla, mi calva y barbas (cuando las tengo), mi nariz y mis ojos... o mirarse al espejo y mirar sus propias barbillas y ojos.

Mi padre está muy presente en el padre que soy. Quizá sea por éso que entro en conflicto con mi propia familia de fanáticos. Dejo éso para otro día.


Soy padre primate, como cualquier otro.

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