martes, 12 de noviembre de 2013

Riachuelo.

...como cada mañana, el erizo salió de su madriguera en las raíces del roble, en busca de la habitual dieta de lombrices e insectos.

Acostumbrado ya al efecto que sus púas causaban en otros, no frecuentaba el claro del bosque ya.

Meditabundo, se acercó al arroyo, donde cantaba el ruiseñor, cuya voz disfrutaba cuando el azar cruzaba sus senderos aéreo y pedestre, respectivamente.

Cernido en el agua junto a su reflejo, el de un gavilán en picado.

Ni corto ni perezoso, gritó: "¡gavilán!" como aviso a otros, al enroscarse en su patentada bola, desde la que ofrecía sus espinas al que venía a dañarle.

El ruiseñor se sintió insultado. "¿Cómo se atreve a llamarme gaviota?" Para ser tan buen músico, no parecía tener muy buen oído.

Enojado, el ruiseñor se acercó al erizo (que nunca lo vió como a una amenaza), y le dio un picotazo en el vientre.

El erizo, a solas con las púas con las que nació, sólo sale a beber de noche por no ofender con su barbada presencia.

De vez en cuando, asoma la cabeza para oír el canto del ruiseñor, que hizo más daño que una legión de gavilanes. Nunca se cansó de oír esa voz en la distancia. Ni se cansa.

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