lunes, 4 de noviembre de 2013

Rastreos.

Encarándose con la frígida neblina de septiembre que empapaba su piel, Leopoldo salió al venteo.

Debía estar loco, el prado al fondo del valle debía estar desierto ya. Dispuesto a todo, se resignó a no ser capaz de resignarse.

Las recientes lluvias, las últimas del año en forma líquida, habían convertido el estrecho sendero en una traicionera capa de guijarro suelto.

Optó por saltar de peña en peña, en su gloria gatuna.

Cuatro horas más tarde de vicisitud (y de algún resbalón que otro en la roca mojada), llegó al barrizal despojado de su verde y cubierto de huellas de cabra, secadas y rehumedecidas. Borrosas.

Leopoldo sacó la lengua, que abanicó hacia su Órgano de Jacobson. En vano. Sólo detectaba la neblina espesa del valle.

Indeciso, se subió a un peñasco, desde donde se concentró con todas sus fuerzas, pero sólo pudo conjurar memorias.

Tras dos horas de espera, decidió que lo único que cabía era volver al pastizal alto, y esperar el regreso.

Herido por su incapacidad de seguir un rastro, derrotado, el leopardo comenzó el lento y grácil ascenso a su cueva.

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