Me crié con la doctrina del libre albedrío, a cuya falacia desperté en mi adolescencia robada por el fanatismo y los acontecimientos.
La bestia despertó hambrienta. Curiosamente, nunca anduve más seguro de mí mismo que en aquellos miles de momentos en que aposté con mi vida y/o integridad física. Solía empezar la cosa con: "no hay huevos de..."
Dejando la fortitud testicular a un lado, demasiadas acrobacias, aventuras y batallitas, para reír sobre miles de cafés. Sin embargo, Juan Valdés decidió irse con la música a otra parte.
Y aquí me hallo, frente a una falsa encrucijada que es, en realidad, angosto sendero de cabras entre muros de guijarro. Como aquellos de mi niñez de bicicleta y montaña.
Con uñas y dientes, prosigo el asalto a los muros, pero usaron mortero entre los guijarros.
¿Quién comprende la obsesión, sino el que la padece? Mentes juiciosas se empeñarán en que vea la "realidad", mientras ellos persiguen sus obsesiones propias.
¿Cómo entender el poder de un par de ojos si no se ha sido sometido a su hechizo?
¿Cómo entender algo que sabes de por vida, si no eres capaz de entenderte?
Sentí miedo cuando me hice estas preguntas. Más miedo que a lomos de mi bici, burlándome de la muerte.
Miedo de saber que una gran parte de mí ya no era mía. Miedo al saber que encontré a mi musa. De que tras la exaltada oda vendría la elegía de mis esperas. Miedo.
Ya no temo. Al menos, éso creo. Pobre idiota.
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