Era una fría mañana de otoño en el monte. Leopoldo se hallaba disfrutando uno de esos raros momentos de viento calmo y sol que suelen preceder la tempestad. Espectros de nube se hallaban escalando la ladera.
Indolente bajo el sol en su tupido pelaje de invierno, el gato digería la última panzada de hierba con un ojo abierto. Un rugido en la siguiente cornisa.
-"¿Aún en tus ensoñaciones de idiota vegetariano?", dijo el otro leopardo. "Ella es presa. La presa siempre corre, lo más rápido posible, si sabe lo que le conviene."
-"Déjame en paz, Leovigildo. Hoy no ando de humor para tonterías."
-"No me extraña. Igual te estás volviendo cabra."
-"¿Y qué si lo hago? ¿Me cazarías? Podrías intentarlo ahora mismo," dijo Leopoldo sonriendo. El marfil de sus enormes caninos y el topacio en su ojo izquierdo reflejaron el sol de la mañana.
-"Tranquilo, hermano. Sólo te recuerdo que no eres el único que espera. El día en que ésa u otra cabra vuelva al prado, la cena está servida."
Leopoldo miró a Leovigildo con un desdén mayéstico. Tras mostrar sus colmillos con otra sonrisa, le dijo:
"Ese día te darás cuenta de que soy más leopardo de lo que nunca viste. Fuera de mi cornisa y mi prado, antes de que acabe de perder la paciencia."
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