viernes, 22 de noviembre de 2013

Carta abierta de ateo.

Ocho meses. Aún de pie. El despojo que se consuma sin prisa y definitivamente sin pausa.

Ocho meses de aprendizaje donde me cansé de ser oveja negra tras veinticinco años, cuando siempre fui corderito recientemente esquilado.

La oveja negra, término racista como pocos, no es desacertado. Es el ser diferente y ser culpado por ello. Es sufrir el menosprecio por parte de aquellos de quienes menos lo deberías esperar.

Al declararme ateo a los 18, dejé de ser persona. Aún dispongo de brazos, de piernas,  y del ADN que me identifica con mis antepasados y mis descendientes. Aún dispongo de las memorias de lago, playa y bicicleta.

Y ahí queda. Todo valor como persona pensante desaparece al no haber sitio para su divinidad en mi visión del mundo. Porque no existe, ni para bueno, ni para malo.

En cuanto a valores morales... al no tomar como referente moral un libro escrito por cabreros (que posiblemente celebraran el congreso sexual con las cabras), me convertí en un paria.

Incapaces de verme como a alguien con un sistema de valores éticos basados en la empatía, o mi relación basada en el respeto por mis semejantes y desemejantes por igual. Por lo tanto, no-persona.

De ahí en adelante, todas y cada una de mis decisiones son tachadas de erróneas. A cada paso, y sin importar las consecuencias.

Lo único que contó fue el demostrar que me hacía falta su amigo imaginario, y que me iría mal sin él.

Me fue mal (como nos ocurre a todos de tarde en tarde). No me sorprende que se me culpe. Al fin y alcabo, era culpable en potencia al rechazar la falacia de sus planteamientos religiosos.

Ocho meses ya desde que me robaron mis cuentos y besos de buenas noches. Y quién sabe si volverán. Lucho. Sigo de pie, desafiante.

En cuanto a las circunstancias de mi nacimiento, mero accidente en el que no tuve ni arte ni parte. De 41 años, pasé 25 como oveja negra. La mayoría de mi vida. Suficiente. Hoy acabo de salir.

Si Jesús existe y me ama, como tanto se dice, que venga y me haga una felación. Mientras éso no ocurra, que no vengan a venderme la moto.

He dicho.

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