...el retortijón despertó a Manuel de su siesta. Sintió dos manos gigantescas que escurrían su intestino como si de una bayeta húmeda se tratara.
'¡Mierda!', pensó, sin ser consciente de que estaba citando a García Márquez mientras galopaba hacía el servicio.
Efectivamente, mierda. Una explosión líquida que casi lo saca volando del asiento, decorando la taza con una lluvia multicolor de confeti que, realmente, no lo era.
'¡Maldita tortilla de patatas y mayonesa!', le dió tiempo a pensar antes de la siguiente erupción, que le dejó la mente en blanco.
Descubrió con alivio que su cerebro no había sido expulsado al recobrar la conciencia. A la ducha.
Sintiéndose algo mejor, se vistió para trabajar, como cada noche, vigilando unos grandes almacenes, no podía faltar.
Recurrió a una solución expeditiva. Cogió un tapón de corcho de una botella de vino, lo untó con mantequilla, y se lo insertó.
Aliviado de hallar una solución tan fácil, digna de McGuyver, se dirigió al trabajo.
Sintió la sensación familiar del intestino bailando jazz, mientras disimulaba enfrente de los últimos trabajadores, antes de cerrar.
Al cerrar la puerta de cristal, colapsó.
Aquella noche, los noticieros informaron de un seísmo local de 7.3 en la escala de Richter.
A la mañana siguiente, los primeros trabajadores en llegar descubrieron la lluvia de cristal de escaparate en la calle, decorado con fragmentos de hueso y todo tipo de tejidos.
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