Anduve aquella tarde junto a la orilla del riachuelo, el mismo en que una vez rescatamos un abejorro.
Mis ojos, pendientes del tráfico rodado a la par de mis oídos, que intentaban discernir el murmullo del riachuelo.
Una sombra entre los juncos. Un cisne juvenil de plumaje gris. En un recoveco en mitad de la corriente, otro.
Eran aquellos polluelos que vimos aquel día, mientras nos afanábamos a los pedales. Listos para volar, o casi.
Otoño avanza, inexorable. Yo, con la misma inevitabilidad, proseguí mi marcha hacia el coche que acechaba para apartarme del río.
Sé que, en abril, habrá dos cisnes casi blancos en mi río, con un par de plumas grises.
Testigos mudos.

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