Anduve de nuevo con mi guitarra, que presidió algunos de mis mejores momentos, y conforta lo que puede.
Esa leal amiga, que grita mis sentimientos sin traicionarlos, y que sólo exige dedos hábiles y sutileza.
Y algo más. Pasión, fuego, cariño y, ocasionalmente, mano firme.
Me recompensa con sus ronroneos de gata satisfecha, con sus gemidos de placer, el grito del éxtasis en la cadencia.
Y, amante exigente que es, siempre pide más. Hasta la más tremenda erección mental cabe en cualquiera de mis guitarras.
Debo añadir, que tras tres horas de esfuerzo gozoso, la traté lo mejor que pude.
Nunca perfecto, es cierto, siempre busco nuevas maneras de satisfacer esa amante tan demandante.
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