lo que no adivinó el cerebro,
preso en sus líneas divisorias
de categoría y asignatura.
Ataúd de sueño
fue mi cráneo pelado.
Las pifias, tantas.
Soy hombre, al fin y al cabo,
con una botella llena de letra
que arrojo al Wye, esperando
que la corriente me auxilie.
Los patos se guasean de mí.
El cisne que tú y yo vimos,
voló al Sur con sus polluelos,
acumulo nueces
que ofrecerte, mi ardilla.
Como dijo Cicerón,
lo que se ofrece, se ofrece libre,
y si libre, se retira.
Qué necio de mí.
¿Tarde? ¡Nunca!
Temprano, tampoco.
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