Como dije, ya estaba en desacuerdo con Platón desde antes de conocerlo. Mi ventaja, la educación pública.
Había llegado al límite de la especulación en abstracto. Se había convertido en ejercicio de masturbación mental del que procuro sustraerme, tantas veces sin éxito.
Volví a mirar lo que conocía de las ciencias naturales (que no es mucho). Había sido creacionista convencido durante muchos años. Años de leer patrañas que intentaban justificar que el mundo sólo tenía 6000 años.
Leí un librito de Oparin. De mi padre. Rojo, Ateo y Militante. Que ardería, según me habían dicho toda mi vida, por el delito de pensar por sí mismo, y que fue un gran hombre a su modo. Ricardo.
Veo el mundo reconstruido frente a mis ojos. Baile de moléculas que se entrecruzan echando chispas. Animales y plantas que cambian en el tiempo y el espacio como bloques de plastilina. Cometas, satélites, planetas, estrellas, todo revuelto sin orden ni concierto. Una sinfonía aleatoria sin fin.
Me veo como mota de polvo y constelación de estrellas a una. Mi padre, se fue. No me ve. Imagino que parte de él puede estar en la nube que pasa, inerte. Y en mi memoria y mis actos. En mis hijas.
Entendí que tenía preguntas sin respuesta. Me hago preguntas nuevas cada día.
Tan sólo una constante. Mientras yo sea yo, nunca estaré solo e indefenso. Tengo, más o menos un litro de cerebro, con recuerdos, sueños y esperanzas. Mientras yo sea yo, viajarán conmigo.
Cuando yo deje de ser yo, espero ser capaz de que otros piensen de mí con afecto, como otros piensan de mi padre. Aunque para entonces, no me importe. Sólo sé que estoy aquí un ratito. Como todos. Hago lo que puedo con ese ratito.
Raúl Pinto Ocaña. Electrón y supernova a un tiempo. A veces, Francotirador Lémur.