martes, 10 de septiembre de 2013

Crónicas de guitarrista pobretón. El hallazgo.

Era el verano de 1992. La Expo de mi pueblo viento en popa, a toda vela.

Mis rizos, al viento también, en mi última Máquina de la Muerte. Una bici mixta aprepará por todas partes, con las que adelantaba vespinos cuando me aburría.

Llegué a mi barrio a la hora del almuerzo, que a veces es la hora de la comida. Venía de darle clases particulares (de todo un poco) a un chaval que había peleado bravamente para aprobar el recreo.

Al pararme a fumar un cigarro con los colegas de cancha (¡un saludo!),
observo algo bastante raro. Curioso como soy, ya sabéis que me acerqué e indagué.

Era una funda de traje y...un estuche de guitarra de los buenos. Redondo en las formas, baquelita de dos piezas.

Dentro, una guitarra flamenca. Y digo, FLAMENCA. De las de verdad, con las varas de  la caja en paralelo. Hecha a mano por un Luthier. Al menos las 150.000 ptas. de las de entonces. En el estuche, tarjetas de visita de músico profesional. Del Polígamo, Barrio C.

Estaba junto a la entrada a las vías del AVE que había en el muro. Me pregunto si no estaría en el hospital con herida de arma blanca, que el esgrima es popular en mi pueblo.

Dilemas...tengo una pedazo de guitarra en las manos, ¿qué hacer?

Subo mi hallazgo al 4°B. Llamo al número de la tarjeta. Su madre me confirma que al músico no se le ve desde que actuó en el Palenque la noche anterior.

Le digo a su madre (con respeto, ¿eh? que a las madres no se las nombra) que voy de camino a llevar la guitarra.

De camino, junto al calor de la autopista, me cruzo con una figura mugrienta. Pegada a la ropa, esa combinación de vómito y albero que sólo se consigue con las mejores juergas...o con las peores.

Al reconocer la cara del DNI en el estuche, me presento. Resulta que, borracho, se había dejado la guitarra detrás. Me arrepiento inmediatamente de ser tan honesto. La historia de mi vida. Pero ya era tarde. De nuevo...

Me invita a una cerveza. Como si el pobrecito no la hubiera catado en un año. Me deja tocar una guitarra que pudiera haber sido la mía. Por eso sé lo que valía la guitarra.

¿Me arrepiento? No. Sólo hubiera podido disfrutar esa guitarra a escondidas. Nunca hubiera salido a directo, víctima del remordimiento.

Pero aún no tolero a esos niñatos que vienen al mundo con cuchara de plata en una mano y la Ibanez en la otra.

Raúl Pinto Ocaña, Francotirador Lémur.

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