Cómo pasan las cosas a destiempo. En un momento en que mi creencia en la decencia básica de la raza humana andaba por los suelos, encontré lo más limpio que nunca conocí entre adultos.
Pasaron las semanas. Semanas que marcan un antes y un después. Semanas de impaciencia, de anhelos, de tantas cosas y ninguna a la vez. De plenitudes y vacíos. De miedos y esperanzas.
Dije palabras que nunca dije. Ni creo que vuelva a decir. No puedo decir que el ser padre me haya cambiado. Simplemente, me enseñó aspectos de mí que ignoraba existieran.
Aprendí que se puede amar incondicionalmente. Sin expectación, la única recompensa es saber que la otra persona es feliz. Sin importar el tiempo o la distancia. Por éso, gracias a mis hijas.
Siendo publicado en dominio público, sólo hablo de mí. Lo contrario sería falta de respeto inconcebible.
Mi sueño, claro está, como hombre. Demasiadas veces oí hablar a quien ninguneaba sentimientos con explicación psicológica complicada.
Opino que la vida es más simple. Una rosa es una rosa. Ofrezco rosa blanca, no creo que reciba una rosa roja.
Espero que sea feliz, y que se acuerde de dónde estoy si no lo es.
Espero que encuentre la felicidad a su forma.
Espero que, cuando se decida, que sea con alguien que la ame, respete y admire la mitad de lo que lo hago yo. Que esa mitad sea el tiempo que pasen juntos.
Espero, quizá hoy, quizá mañana, volver a oír su voz, y tomar café.
Espero.
Ocupo mi mente en infinitas tareas, pero el recuerdo persiste.
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