Se habían asentado. Desconocidos en tierra de extraños. La hospitalidad de Gambrino se extendió a ayudarles a montar la choza junto a la suya.
Había pasado la cosecha de la cebada y el trigo. Los graneros llenos, los animales cobijados para el invierno. La vida se estaba empezando a ralentizar en ritmos de invierno con los que Merk no era familiar. Sentía desasosiego.
Sita, por otra parte, parecía feliz. A pesar del trabajo duro en la cosecha, trilla, molienda y fermentación, se sentía libre.
Solos en la comarca, no tenía las responsabilidades que la habían acuciado todos estos años. No sabía del peso sobre sus hombros hasta que fue libre de él.
Y estaba feliz por otro motivo. Merk aún no lo sabía. Era el tercer mes en que no le venía el período. Llevaba vida dentro de sí. Eso era lo único que le inquietaba. ¿Cómo dar a luz siendo la única mujer en leguas a la redonda?
Y Gambrino. Había algo que no cuadraba con él. Su afabilidad inicial se esfumó poco a poco. Daba muchas órdenes. Y cuando había demasiada cerveza, tenía un aire difuso de amenaza.
Más de una vez sintió sus ojos sobre ella, con una mirada que no sabía descifrar, pero que le hacía sentirse incómoda.
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