El amanecer encontró a Merk refugiado del viento en el noroeste de la Roca, que resultó ser una isla cerca de una costa. Como aquel islote de cabras y perejil cerca de su hogar.
Aún sabiéndose muerto, se seguía comportando como si estuviera vivo. Seguía teniendo hambre, sed, frío. Seguía necesitando orinar y evacuar. El mundo de los espíritus le confundía. Aún no podía recordar cómo o cuándo se había convertido en difunto.
Desayunando navajas que habia encontrado en la arena, siguió mirando a la marea, cada vez más baja.
Aún no podía creer sus ojos. El mar, al retroceder, había abierto un istmo conectando la Roca con la costa allende ¿Señal o trampa? Merk se debatió en la indecisión hasta que la marea le volvió a cerrar el paso.
Pasó la tarde y la noche en un tumulto de dudas. No podía seguir en la Roca. Aún encontrando de comer, no tenía acceso a pieles para ropa, huesos para herramientas, o la carne que sólo un animal grande podía proporcionar. Sin saberlo, había recomenzado a vivir.
Después de tres días observando la marea, decidió que el istmo aparecería cada mañana, con la marea baja. No era experto en espíritus, pero conocía bien el mar.
Pertrechado con sus nuevas herramientas y armas, Merk pasó al Continente más allá del Mar Entre Dos Mundos.
Pletórico y temeroso a la vez, se adentró en bosques como los del monte de su hogar. Y, a la vez, tan distintos.
Aunque era capaz de identificar las plantas, y muchos de los pájaros, no sabía qué pensar de los animales.
Como en su tierra, había leones. En cambio, las zebras habían perdido sus estrías, los cuernos de los antílopes parecían árboles, No había ni ñu, ni búfalo, sino bestias que se asemejaban a ambos, y mucho mayores que el mayor de los búfalos...
Merk se decidió a cazar uno de éstos. Tenía un plan.
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