De Maturín y la llegada del mal.
1 Así, como estaba dispuesto por el Gran Unicornio (alabado sea Su Ignoto Nombre), la hierba creció mullida y verde, nuevas generaciones de bestia se sucedían y todos eran felices, desde los dioses en los cielos a todas las cosas vivas que se arrastraban sobre la tierra, moraban bajo el agua o flotaban en el firmamento.
2 Todos, menos la Tortuga Maturín. El Sagrado Unicornio (bendita sea la Huella de Su Pezuña) le había dispensado gran merced y era libre de caminar a voluntad por los territorios de todos los otros dioses menores.
3 El césped le causaba problemas, al ser la causa de un insoportable picor y cosquilleo testicular. En el silencio de su corazón, empezó a maldecir el verdor de la tierra.
4 Fue así que acudió a la reunión en Valhalla de cada noche, donde Odín regalaba a sus hermanos.
5 Avistó a su entrada la congregación de rigor, además de los viejos truco. Jehová andaba (de nuevo) convirtiendo el agua en vino.
6 Se oían los típicos gritos de burla: "¿Cuándo vas a aprender a hacer éso con cerveza?", solía gritar Tor, mientras pedía otra.
7 Acercándose a la mesa, el astuto Maturín dijo: "Seguro que os cansasteis ya de este viejo juego. Tengo uno mejor."
8 "Cuenta, por favor", dijo el grupo a coro, "estamos hartos de la inactividad."
9 "Podríamos jugar al fútbol con este meteoro", dijo Maturín de forma inocente.
10 Dicho ésto, salieron, los grandes ecos de hilaridad de los dioses resonando en los vastos espacios entre los planetas.
11 Hermes, con su proverbial velocidad, protagonizó un contraataque, pasando el meteoro a Panchanana, que (gracias a sus cinco cabezas) remató un gol impresionante, con el meteoro retumbando contra la tierra.
12 Una gran bola de fuego y olas gigantescas sobre la faz del mar arrasaron a lo largo y ancho de la tierra.
13 Cuando el polvo se hubo asentado, una gran parte de las magníficas bestias que poblaban el verdor se habían convertido en carne asada en medio de la devastación.
14 Todos los dioses se enfrentaron a Maturín en su ira, culpándole de la devastación y asustados de que se les hallara negligentes en su mayordomía.
15 "Miradme no como a culpable", dijo Maturín en su tono más razonable de voz.
16 "Porque de cierto fuisteis todos vosotros los que, con vuestro libre albedrío, disputasteis el partido."
17 "Más aún, de cierto os digo que si hubierais puesto a Durga Ma de portera, ella habría parado ese gol con sus diez brazos."
18 En diciendo ésto, Maturín se retiró a pasear la tierra, ahora libre de césped.
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