El conocido claqueteo de la pezuña hendida en la roca, el susurro de las piedras que se desplomaban desde la altura, ¡no podía ser! ¿Debiera permitirse la esperanza?
Leopoldo se dió cuenta de que no era una opción cuando ya se hallaba en la entrada a la cueva, venteando, suplicando al viento de la montaña le mostrara el camino.
Formas borrosas en la pared, más arriba, fuera de su alcance.
-"¡HOLA!", gritó con todas sus fuerzas.
El gutural rugido viajó a lo largo y ancho del valle, hasta las cimas.
-"¡No te vayas, ahora que estás tan cerca! ¡Háblame!"
Maldiciendo el poder de su rugido, Leopoldo vio la oportunidad esfumarse, al correr su cabra dentro del pánico despertado en el rebaño por sus rugidos.
Reprimiendo otro sollozo, se sentó a triscar la hierba.
¿Mañana, quizás?
No hay comentarios:
Publicar un comentario