Haría una carta abierta, si supiera a quién dirigirla. La llenaría del ácido y la hiel que me han sido dadas, la rabia y el odio de las promesas rotas, la mendacidad y exclusión, y meterlas en un frasquito.
Envolvería el frasquito en un paquete de falsas sonrisas, si fuera capaz de ellas, y la pondría en un estante junto con las ilusiones desguazadas, el llanto de los niños y el dolor del que aprendió, pero sigue sin aprender.
Y allí quedaría, hasta el final del tiempo, olvidado en un rincón, inane.
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