lunes, 30 de diciembre de 2013

Semiautobiografía apócrifa.

Días de bicicleta y águila, de coro de iglesia y extracción de pirita en la ribera. Días de estar rodeado de mis amigos: Verne, London, Dostoyevsky, Maupassant, Mortadelo, El Doctor Bacterio y tantos otros.

Matones en la calle, como siempre. Para qué entrar en detalles... "Pon la otra mejilla..." , se me enseñó, y me llevé bofetadas bilaterales, próximo-distales, oblicuas, de plano sagital y frontal... Cada uno aprende a su modo.

El coro de iglesia deja de ser adecuado para mi barítono, que prefiere la ducha, y los doce compases de blues. "Ain't no sunshine..."

Bloqueé el primer bofetón, y repartí alguno que otro. A veces, no dar la perfa es el mejor golpe. Por respeto a mí, por estrategia y no por fe, es por éso que no levanto la mano. Otra cosa es que deba defenderme, ya conocí la rabia ciega de que es capaz un primate. Me asusta.

Mis ojos se abren de a poco. 25 años más tarde, mis pupilas siguen intentando adaptarse a los cambios de luz, a su fulgor y su carencia.

En mis paseos por la red, mis viejos libros, en las cuerdas semiabandonadas de mi guitarra, o las citas con el músico de sábado, el niño sigue explorando.

Sigo levantando piedras en busca de la escolopendra o el escorpión. Encontré lo que (o, mejor dicho, a quien) amo. Ahora, sólo basta dejar que me mate.

Dulcemente o no, tú decides.

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