Largo sueño en catacumbas que cavé en mi busca de libertad de década y media. De pronto, se me impone la libertad del que lo pierde todo. Las viejas certezas resultaron ser la nada.
Inicialmente, la nada lo era todo. Como Yahvé al principio de todo, con una muy sutil diferencia: Yahvé no tiene problemas de puntería al ir al baño por las mañanas, porque no existe. Yo, sí.
Éso hice, existir. Dejar que la función automática de la respiración siguiera su curso mientras yo, sordociego, me tambaleaba a tientas.
Poco a poco, entraron las voces de mi mocedad en una pantalla, por entonces nueva. Y nuevas voces... Empecé a recobrar la letra escrita, esa vieja amiga que me acompañó en la catacumba y abrió ventanas en las más oscuras noches.
Te descubrí en epifanía polífona. Mujer, y mucho. No digo más, sólo que en aquellos momentos en que todos (yo, inclusive) me mostraste a mí a través de tus ojos castanos. Mi espejo semiopaco, sauce del jardín de bambúes donde uso el pincel para mis rengas y práctico con la katana y el arco.
Me sacaste de caza; en los foros descubrí al polemista que hace tantos años solía entrar en las asambleas y manifas. Descuartizar idiotas, nuestro deporte favorito. Aún recuerdo el silbar de tu katana al cortar el aire en busca de una falacia en el foro y el aullido de tus dardos buscando la presa que se nos ofrecía. Francotiradora.
De noche, al acabarse el sonido, te rondaban mis versos en las pausas del esgrima que eran nuestras conversaciones a veces. A veces, la balada triste que lo era menos por poder soltarla con alguien que te quiere.
Y recuperé la voz gracias a tu oído paciente, a la acidez de tu sarcasmo sin inhibiciones. Soñar...
De nuevo, me encontré con la misma libertad de sueños rotos, de almohada mordida hasta la saciedad y elegías hasta altas horas de la tarde.
De nuevo, con una diferencia: la sospecha ya confirmada que ni tú ni yo causamos ese muro. No me interesa saber cómo o de qué está hecho, sino el flanquearlo de algún modo.
Para entonces, el poeta y el músico habían vueltoba renacer con tu presencia. Tu ausencia, la ausencia de los ojos burlones a través de los cuales miraba, causó que me obligara a abrir los míos.
Juana, Pedro, Ritsuko y Angel son generosos en compartir los suyos. No es lo mismo. A falta de pan, a joderse y seguir andando. Comencé a jugar con las fotos.
Comencé a usar las mías, y otra parte de mí que no conociste volvió a nacer: el diseñador gráfico de imprenta revolucionaria que trabajaba en las sombras intentando traer luz.
Mis viejas dotes de organización vuelven, me hallo respondiendo preguntas de gente que no es capaz de ver qué poca cosa se esconde tras un nombre de pluma, siempre en busca de un Mesías que entronizar. Allá ellos.
Paso a diario por aquella puerta de cristal roto contra la que intenté ponerte en guardia, y de la que no hablo al menos que vengas a preguntar. Hay cosas mucho más importantes por discutir entre nosotros. Mi sueño ignoto descubierto, mi musa, mi Tahr, mi amiga.
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